La Mezquita Shah de Isfahán, una metáfora del infinito
“Arcada de la Porta” por Sebastiá Giralt
Cuando la arquitectura, con su lenguaje de formas y silencios espaciales, es capaz de comunicar el espíritu del hombre o la civilización que la ha creado, alcanza la categoría de arte.
A todo aquel que se sitúe bajo el cielo estalactítico de la Mezquita Shah de Isfahán le será casi imposible evitar sentirse dentro de una de las obras de arte más fascinantes de todos los tiempos. Además de la conmovedora armonía de sus complejísimas formas y su distinguida paleta cromática, este espacio arquitectónico posee la virtud de maravillar, sorprender, provocar fascinación a quienes ingresan en él.
Sorprende mucho más a los visitantes occidentales, acostumbrados al cielo circular de las cúpulas. Las cúpulas cristianas celebran la plenitud del círculo, la figura que mejor representa lo divino, lo perfecto e inmutable. Bajo la majestuosa cúpula de la Basílica de San Pedro en la Ciudad del Vaticano, obra de Miguel Ángel, la mirada se dirige hasta la figura de los santos y asciende hasta las imágenes de los ángeles para perderse finalmente en el óvalo de luz del centro. Es en un itinerario gradual pero continuo que representa la semejanza de lo humano con divino, los grados de santidad de los hombres y su inserción en un plan divino eterno.
Por el contrario, los techos de la Mezquita Shah nos sugieren otro concepto del tiempo y de lo divino. El espacio se forma a partir de la interminable repetición de motivos complejos pero minúsculos, como un tiempo infinito construido por la repetición de pequeños instantes. En general toda la decoración musulmana, los llamados “arabescos”, se construyen a partir de la repetición continua de un motivo hasta formar una densa trama, como las alfombras persas o los mandalas. Observados desde lo alto, los miles de fieles que rezan en el patio de una mezquita también parecen un mandala gigante hecho de infinitos puntos blancos que nos sugiere la idea de que “sólo Alá es grande”.
Esta maravilla arquitectónica puede visitarse en la ciudad de Isfahán, ubicada al sur de Teherán, la capital de Irán. La ciudad brota del oasis del río Zayandeh Rud, en medio de una llanura desértica rodeada de montañas. Es conocida como “la ciudad de Shah Abbas”, quien, junto al llamado “Leonardo da Vinci iraní” (Baha Al-Din Muhamad Anili), la dotó de una belleza digna de la antigua capital del imperio safávida. Contaba con elegantes bazares, avenidas, jardines, palacios y canales.
También en el trazado de la ciudad está sugerida la idea del infinito. La línea quebrada de las callejuelas forma una laberíntica trama urbana que da cabida a la intimidad, la sorpresa, la penumbra, los secretos, sentimientos e imágenes tan acordes al espíritu musulmán.
