El destino de Cartago
Al llegar a Cartago invade al visitante una sensación peculiar: sentirse en una grandiosa ciudad del pasado, aunque su horizonte no esté recortado por restos de colosales monumentos de piedra, gloriosos arcos o suntuosos palacios como en otras ruinas de ciudades antiguas.
Cartago es hoy una ciudad de fragmentos, de ausencias: desnudos muros, montículos de piedra y trozos de gigantes columnas son hilachas del pasado que, sin embargo, logran transmitir con poderosa fuerza el espíritu de una ciudad construida y arrasada una y otra vez, erigida sobre las ruinas de las ambiciones y los anhelos de los pueblos que intentaron en vano apoderarse de ella por siempre.
En el sitio de Cartago, sólo el mar parece permanecer. Desde su cintura azul los capsianos, primitivos habitantes de la región, vieron llegar a sus dominios una raza de hombres que traían el secreto de la flecha, de cuya mezcla racial nace la etnia bereber.
Los primeros huéspedes de los berberes fueron los fenicios y los griegos, luego unidos en el grupo llamado libio. El ímpetu comercial de los fenicios los llevó a crear asentamientos en todo el norte de África bajo la mirada hostil de los bereberes. En la actual Túnez la primera base comercial fenicia fue Útica.
Luego avendrá el protagonismo de Cartago, creada como puerto comercial, guerrero y urbano por los cartagineses, hijos de mares lejanos. Cartago crece superando sus propios límites, sus murallas deben ser destruidas para dar lugar a la expansión de la ciudad al ritmo del creciente comercio de los mercaderes cartagineses.
Los cartagineses enseñaron a los libios el arte del cultivo en terrazas, pero son descriptos por los romanos como “hombres crueles, ociosos y ambiciosos”. Los relatos históricos traen noticias de un trato cruel con el sometido pueblo de los libios, como la matanza de niños y la crucifixión de los generales muertos.
Túnez se encuentra a sólo 130 kilómetros de Sicilia, demasiado cerca para que la ambición de Cartago no llegara hasta sus costas. La prosperidad de Cartago chocaba con el deseo de dominio universal de Roma, por lo que la ocasión de la invasión de Sicilia prendió la llama de la batalla. Comenzaba una serie de enfrentamientos bélicos que duraría ciento dieciocho años, las llamadas Guerras Púnicas.
Conquistada Sicilia por los romanos junto al apoyo bereber, la furia de Cartago envió al mítico Amílcar a construir un reino en España con la compañía de su hijo Aníbal. El resto es conocido por todos, Aníbal llega a los pies de Roma conquistando toda la Europa, con una fiereza cuyo recuerdo y admiración los siglos no pudieron borrar. Pero una equivocada estrategia de Cartago (o del dios de la fortuna), hizo mil pedazos lo logrado por Aníbal y Cartago debe arrodillarse ante Roma. Cartago se convierte entonces en la romana Provincia Africa con capital en Utica.
Comenzó entonces el lento proceso de romanización de la población, que no pudo realizarse en su totalidad con las tribus nómades. Roma construyó sobre las ruinas de Cartago templos y termas adornados con estatuas y brillantes mosaicos de mármol de Carrara. La ciudad se convierte en un centro intelectual y artístico a través de una clase media que hablaba el latín y estudiaba el griego. Pero la provincia romana estaba costeando una serie de lujos demasiado caros para un territorio basado en la producción agrícola. En consecuencia surgen los desórdenes sociales y los problemas de gestión.
Nuevos dogmas llegan a la costa de Cartago, es la afirmación de los cristianos sobre la unicidad de la divinidad, lo que da lugar a más disputas y la creación de sectas extremistas. Estos conflictos no hacen más que acentuar la crisis social, reavivada aún más por los ataques de los bereberes del sur que buscan venganza.
Cartago, débil y contradictoria, cae en manos de los vándalos. También permanecen vivos en la memoria universal sus actos violentos sobre su belleza marmórea y la sangrienta persecución de católicos. El caos en el que nuevamente entra la ciudad permite a Justiniano apoderarse de Cartago al mando de Belisario e instaurar en el África septentrional su ideal de unión entre occidente y oriente, el sueño de Bizancio.
Cartago renace otra vez, sobre las ruinas romanas, ahora esplendente por los destellos de mosaicos bizantinos e iglesias de inspiración oriental. Pero no por mucho tiempo, desde el este llegarían los guerreros de Allah para imponer definitivamente el Islam en Túnez. Los bereberes trataron de imponerse frente a los musulmanes, pero sin éxito. Cartago se convierte otra vez en ruinas y ve nacer, silenciosa, a la flamante ciudad árabe de Tunisi.
Hoy habitan en Cartago piedras mudas que dibujan la figura de una ciudad invisible en donde reverberan los ecos de la historia de nuestra civilización.
Foto: “Termas de Antonino Pio” de Manuel Aguilar Montoro
